Para conmemorar el ochenta y seis aniversario del nacimiento de Cristóbal, el 29 de agosto de 1939, publicamos el artículo de Ángel de Arriba, escritor salmantino de La Alberca, que se editó en la revista Memorias de Ronda en mayo de 2021.
Ángel de Arriba conoció a Cristóbal de una manera casual uno de los veranos que el pintor pasó en la ciudad de Segovia, lugar íntimamente relacionado con uno de los poetas más admirados por el artista, Antonio Machado.
Recuerdo aquella mañana de agosto de 1993 cuando quiso el necesario azar que nos encontráramos en la ribera del Eresma segoviano. Era temprano; esa hora trémula en que las musas aún revolotean indecisas entre los sueños de la noche pródiga y las centellas del sol triunfante. Yo hacía deporte por la alameda fluvial y él ya mantenía, sentado en su taburete de campaña, su diálogo orgánico con el lienzo donde las huestes de la inspiración le retaban.

Le encontré así en la chopera, como centinela del alba, varias mañanas más hasta que quiso despertarse la plática trajinando amistad. Sobre todo después de comentarme que habitaba en esos días de expedición pictórica la casa de mi paisano albercano el maestro José Luis Puerto. Luego fueron las horas del atardecer el momento de nuestros encuentros, en la vieja tasca de san Pedro Abantos, compartiendo plática con el maestro Moro, realizador de bronces de soledad sonora y su viejo compañero de su juventud. Fueron horas de chatos de vino en castizas tabernas aprendiendo de estos dos versados en las artes varias de la existencia.

Aquel agosto me dejó una cosecha de amistad como pocas veces he recogido. Huían los días entre los calores sucediéndose los encuentros del alba y las despedidas de la noche incipiente. En una ocasión, próxima ya su partida, me invitó a acompañarle en un viaje. Acepté gustoso, pues ya me era imposible sustraerme a su embrujo, al deje embaucador de su voz. Así que me embarqué gustoso e intrigado por su negativa a decirme nuestro destino. Recuerdo que amanecía cuando llegamos al Alto de los Leones y en el inicio del descenso de la ladera serrana, miré su rostro y me pregunté si no sería mi nuevo amigo un Melquiades y nuestro viaje una expedición a conocer el hielo, o cualquier otra de las menudas maravillas que su presencia entregaba.
Llegamos como primera parada al monasterio de Santa María de El Paular, lugar telúrico que de su mano conocí palmo a palmo. Allí pasó él un verano estudiantil becado por Bellas Artes y aquel fue el inicio de sus escapadas pictóricas veraniegas que realizaría durante toda su vida.

Continuamos, y por cada lugar que pasábamos Cristóbal me bocetaba con sus ojos y su voz un apunte de cualquier árbol, valle, pueblecito, luz emboscada…, que a mí me rebelaba la gracia que se me escapaba.

El final de nuestro viaje era el hermoso pueblo de Buitrago de Lozoya donde, me dijo picarón, había quedado con un tal don Pablo. Y allí conocí un museo con las obras que Picasso regalaba en París a su peluquero, nativo de ese lugar. Y entonces supe que no habíamos llegado hasta allí en un viejo Renault 7 color verde oliva matrícula de Sevilla, sino en carro conducido por un hechicero de las artes.

Y el verano se fue como se van todas las cosas en este prófugo mundo. Pero nuestra amistad ya era y permaneció. Cómo olvidar ahora o nunca su risa, su franca y nutricia palabra, tu tronante voz con un poco de incienso nazarí y, sobre todo, esos ojos suyos llenos de la sabia morería del vivir.

Y aquellos días en Sevilla donde me acogió. Nuestras visitas a los museos, el callejeo por la ciudad que no tenía rincón del que él no supiera su leyenda, chascarrillo o sucedido. El patio de la casa de don Antonio Machado donde me llevó y supe que toda infancia huele a naranjos; los atardeceres de acuífera luz en el barrio de Triana; la mañana en que me descubrió Itálica y el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, que parecía otra de sus casas. O aquel jueves en el rastro de la calle Feria; o el vino bendecido en las homilías de las tascas centenarias del buen beber. O…

Y las más bravías horas en su casa de Ronda, de cuyo tajo se me ha quedado colgada el alma, aquellas jornadas de luna torera y sol gitano, aquellos duendes días y brujas noches por bulerías en el bar Valencia.
RONDA
A Cristóbal
Ciudad de la ascensión,
Del vértigo, del aire,
De la luz dilatada,
Dime qué ángel roza
Con su ala tus tejas,
Tus calles, tu silencio;
Qué ángel en ti habita
Y tiene su morada
En tu escondida estancia.
Cuando te visité
Era angélico el aire,
Angélica la luz
Y angélico era el vértigo;
Por tu tajo ascendían
Con sus alas los ángeles.
Y rozaba mi rostro,
Mi corazón, mi pecho,
Suavísimo plumaje.
Ay, cómo te recuerdo,
Ronda, ciudad angélica.
Ay, si viniera en mí
El ángel a posarse.
(Paisaje de invierno, 1993)
JOSÉ LUIS PUERTO

Luego, algún verano se acercó de nuevo a Segovia y compartimos casa. Regresé a mi tierra de Salamanca y nunca más nos vimos, pero siempre fue presencia buena, memoria nutricia a través de sus cartas, de los dibujos y pliegos de cordel que me hacía llegar, de su voz en el teléfono, de aquel: “¿Quién anda ahí…?”, tan brioso con el que siempre recibía antes de la hoguera de su risa.
Una tarde de nuestro primer verano dibujé su porte pictórico en la cuesta que sube al Monasterio de los Jerónimos de “El Parral”, en cuyo interior tantas horas pasamos oyendo murmullos de aguas, oliendo el arrayán hermano de los lejanos de la Alhambra; saboreando los rezos gregorianos de los monjes, gustando sus comidas de frugal espiritualidad, charlando entre sus oficios con el buen padre prior y los hermanos.

Aquel apunte sigue en mi cuaderno jacobeo. Siempre que lo vuelvo a ver peregrino hasta aquellos días y me digo que habré de poner los colores entre los trazos. Pero nada encuentro y las líneas de grafito se empeñan en seguir desnudas.
Todo va a ser que un mago andaluz, hijo del alba, se bebió todos los colores de aquellos días al inicio de sus sesiones para llenar sus lienzos y las vidas de cuantos conocía. A mí no me queda más que disfrutar del cromatismo apenas un instante mientras recuerdo. Luego salgo de la pálida página y cierro el cuaderno hasta el próximo encuentro.
Gracias, maestro amigo.
Ángel de Arriba Sánchez
Escritor
Salamanca, 1 de marzo de 2021

2 comentarios en «BUSCANDO LOS COLORES. Por Ángel de Arriba»
Gracias mil,Luis. Me da mucha alegría que te hayas acordado de estas letrillas mías para rememorar el aniversario de tu querido padre. Poco valen mis letras, pero pocas veces las he juntado con tanto sentimiento para dejar testimonio de la fértil amistad y ancha maestría que iba dejando por doquier Cristóbal. Sin embargo, sus colores nos siguen iluminando. ¿Quién anda ahí?…
Gracias a tí, Ángel, por tu sentida amistad. Esos años de veraneo en Segovia fueron inolvidables para todos. Saludos